
Mensaje #15: (Lev 9) La obediencia de los ministros que resulta en la gloria de Dios [pdf | mp3]
Tema: La gloria de Dios entre el pueblo de Dios depende de la obediencia a las palabras de Dios.
Recuerde la lección general de Levítico 8-10: Para los que quieren participar en la obra de Dios, es esencial que obedezcan a la Palabra de Dios.
En el capítulo 9 vamos a ver dos cosas: Primero, nestra gran necesidad de obedecer a Dios. Segundo, el resultado de nuestra obediencia a Dios: La gloria de Dios.
Mientras estudiemos este capítulo, recuerde el tema central: La manifestación de la gloria de Dios entre el pueblo de Dios depende de la obediencia a las palabras de Dios.
Después de los siete días de la consagración, en el día octavo, los sacerdotes empiezan su ministerio de reconciliación (v1 con 8.35).
Lo primero que el sacerdote tiene que hacer es ofrecer un sacrificio por sus propios pecados(v2). Por siete días se han ofrecido sacrificios para la purificación y consagración de los sacerdotes. Y después de estos siete días de sacrificios, lo primero que Dios dice es que el sacerdote tiene ofrecer sacrificios por su propio pecado.
Dios quiere que el ministro entienda algo: ¡Siempre somos pecadores! A pesar de que tenemos a Cristo... a pesar de que recibimos el ministerio... debemos recordar qué tan malos somos.
El primer sacrificio que Aarón ofrece después de su consagración como sacerdote es un becerro para expiar (borrar) su pecado (v2). Esto, sin duda, le va a recordar de lo que pasó en Éxodo 32 cuando él hizo un becerro de oro mientras que Moisés estaba en el monte recibiendo la ley. Otra vez vemos a Dios recordándole al ministro de su debilidad: Es malo y corrupto.
Además, esto es algo que el ministro tiene que reconocer en público (v8-14). Cuando Aarón ofreció este becerro era como una confesión pública de su pecado (de que él era pecador) y de su necesidad de perdón.
El pueblo también necesita entender su gran necesidad. Del pueblo Dios requiere todos los sacrificios salvo uno (o sea, cuatro de los cinco; v3-4). La gente también tiene que presentar los sacrificios públicamente, reconociendo su pecado (que son pecadores) y su necesidad del perdón de parte de Dios (v15-21).
En esto vemos que Dios quiere que recordemos qué tan malos somos para que nunca dejemos de confiar en Él. Aun los ministros que Dios pone en el ministerio necesitan del ministerio de reconciliación. Entonces, debido a nuestra maldad y nuestra condición delante de Dios, la necesidad más grande que siempre tenemos es la de someternos a Dios y hacer lo que Él dice. Si hacemos esto, podemos esperar la bondad de Dios porque el propósito en recordarnos de qué tan malos somos no es el de “darnos palo”. Además, el propósito de todo esto es el de poner nuestra mira en Dios... en qué tan bueno es Dios para con todos los que se someten a Él y le obedecen.
Junto con el becerro (que le recuerda a Aarón de su pecado grave con el becerro de oro), Dios le pide un carnero (v2). Cada judío sabía la historia de Abraham cuando Dios le mandó a sacrificar a Isaac (Gen 22). ¿Cuál fue el animal que Dios le proveyó como un sustituto por su hijo? Un carnero. Entonces, junto con el becerro (para recordarle qué tan malo es), Dios le pide a Aarón un carnero (para recordarle qué tan bueno es Dios). Dios es bueno y no nos deja sin la salvación. Entonces, recordemos lo que nosotros somos (malos) y pongamos la mira en el Sustituto.
Vemos lo mismo en que Dios sólo pide cuatro de las cinco ofrendas al pueblo (v3-4). No les pide la ofrenda por la culpa (la ofrenda que se ofrece con restitución; o sea, uno trae el animal sustituto y también tiene que pagar por el daño que hizo; Lev 5.14-6.7). En esto vemos la bondad de Dios porque, obviamente, los israelitas habían pecado (y esto muchas veces). Sin embargo, estamos leyendo el mero comienzo de la ley y, puesto que Dios es bueno, Él no inculpa a nadie de pecado cuando no hay ley.
Debido a que los pecados del pueblo se cometieron antes de la inauguración de la ley y el sistema de sacrificios, Dios (siendo bueno, misericordioso y tardo para la ira) no les inculpa de sus pecados... Por esto no tienen que ofrecer el sacrificio por la culpa.
Entonces, debemos siempre recordar qué tan malos somos para que no confiemos en nosotros mismos. Es decir que debemos reconocer que dependemos de Dios para todo y por esto tenemos que someternos a Él y obedecerle en todo. Dios quiere que recordemos nuestra maldad para que confiemos en Él (para que dependamos de Él) porque sin Él nada podemos hacer (y Él nos ha llamado a hacer mucho en el ministerio).
Así que (debido a nuestra maldad y debido a la bondad de Dios) lo más importante en todo el ministerio es nuestra sumisión a la Persona de Dios y la obediencia a Sus palabras. Además, el resultado de nuestra sumisión y obediencia es algo maravilloso...
Obviamente hay una gran diferencia entre la manifestación de la gloria de Dios en el Antiguo Testamento y la manifestación de Su gloria hoy día. En el Antiguo Testamento, la manifestación de gloria era un fuego físico y visible (v22-24). Éxodo 24.16-17 dice que “la apariencia de la gloria de Jehová era como un fuego abrasador en la cumbre del monte” de Sinaí. (v4) La gloria del Señor era Su apariencia visible entre los de Su pueblo.
Ahora, durante nuestros días, la manifestación de gloria es la manifestación de Cristo Jesús.
Entonces, la manifestación de la gloria de Dios es, al final de cuentas (v4), la manifestación de Dios mismo (es algo visible que uno puede ver y decir: “¡Ahí está Dios!”). Cuando los judíos obedecieron a Dios en Levítico 9, el Señor se manifestó en gloria. Porque Dios es un fuego consumidor (Heb 12.29).
Cuando nosotros obedecemos a Dios hoy día, el Señor se manifiesta en y a través de nosotros (o sea, la gente del mundo puede “ver a Cristo” en nosotros, los “cristianos”). Porque Cristo es la gloria de Dios (la manifestación del Dios invisible): Somos “cristianos” (personas en las cuales Cristo se manifiesta—la gloria se manifiesta).
¿Por qué no vemos la gloria de Dios hoy día como en los siglos pasados? ¿Por qué no vemos a Dios entre nosotros como durante los siglos 18 y 19? ¿Por qué es que muy a menudo no se puede distinguir ninguna diferencia entre los inconversos y los “cristianos”?
Si fuéramos honestos, creo que tendríamos que decir que la respuesta es lo que leemos en Ezequiel:
¿Cuántos se dicen ser “cristianos” pero sólo oyen las palabras del Señor; no las hacen?
Y el testimonio del Señor en cuanto a este tipo de comportamiento es claro (y por esto la razón por la cual no vemos la manifestación del Señor en la Iglesia hoy día es también clara):
No vemos la gloria de Dios (Su manifestación en nosotros y a través de nosotros) en este mundo porque la gran mayoría de los “cristianos” no quiere obedecer a la Palabra de Dios.
Todos los detalles que vemos en la ley de Moisés eran para un solo fin: Para manifestar la gloria de Dios entre el pueblo de Dios. (“Dios con nosotros”—comunión y testimonio.) Todos los sacrificios (con sus detalles), las vestiduras (con sus detalles) y todas las demás leyes servían para este fin. Servían para acercar el pueblo a Dios como Él dijo y adorarle a Él como Él dijo para que Su gloria se manifestara visiblemente entre Su pueblo.
Es decir que todo esto servía para establecer y mantener la comunión de Dios con los hombres. Servía para manifestar la presencia de Dios entre los de Su pueblo (“Dios con nosotros”). Cuando el hombre se sometía a Dios para obedecerle, Dios se manifestaba y así la comunión se establecía. La obediencia resultó en la comunión con Dios—una “comunión” visible y gloriosa.
Hoy día esta misma gloria de Dios entre los hombres es Jesucristo.
Si nosotros queremos la comunión con Él—si queremos que Él se manifieste entre nosotros—para que el mundo pueda ver Su “gloria” en y a través de nosotros, ¿qué tenemos que hacer?
¡Tenemos que obedecer a la Palabra de Dios! Los inconversos tienen que obedecer al evangelio (Rom 10.16) para establecer la comunión: la salvación. Tienen que obedecer al mandamiento de arrepentirse.
Tienen que obedecer al mandamiento de creer en Cristo (poner su fe en Él).
Los cristianos tenemos que obedecer para mantener la comunión: la santificación.
Sólo así podemos ver la manifestación de la gloria de Dios entre nosotros (sólo así podemos experimentar la comunión con Dios debido a Su manifestación entre nosotros).
Cristo quiere que Sus discípulos vean Su gloria.
Veremos esta gloria en la eternidad.
Pero podemos ver un poco de esta gloria de “Dios con nosotros” hoy y la manera de verla es recibir Sus palabras tal como son: palabras de Dios y no de hombres.
Si recibimos la Palabra tal como es, la Palabra de Dios y no de hombres, veremos que ella actuará entre los que creen (entre los que la reciben, la creen y la hacen). Tenemos que aprender la Palabra, amar la Palabra y andar conforme a la Palabra. Sólo así (sometiéndonos a Dios y obedeciendo a Su Palabra en todo) podremos esperar ver la manifestación de Su gloria entre nosotros y así experimentar la comunión con Él.
Una aplicación práctica: La lectura congregacional. Debido a todo esto, uno de los deseos de mi corazón para la congregación que Dios ha puesto bajo mi cuidado como pastor es que leamos la Palabra, que amemos la Palabra y que obedezcamos a la Palabra.
Para este fin, la próxima serie de predicaciones dominicales que he querido hacer (y todavía quiero hacerla) es la “lectura congregacional”. Como una iglesia, quiero leer la Biblia juntos, durante el año 2011; de Génesis a Apocalipsis (cada uno leyendo los mismos capítulos cada semana). La predicación del domingo, entonces, sería un mensaje de algún pasaje de la lectura (o un resumen de todos los capítulos que nos tocaron durante la semana anterior).
Todos estaremos leyendo lo mismo. Todos seremos responsables por la misma lectura cada semana. Y todos estaremos listos para una predicación de la misma lectura el domingo. Me parece como una buena serie para dejar para “mi” iglesia en el año de mi salida: Les dejo con el deseo más profundo de mi corazón (del corazón de su pastor). Y lo haremos, si Dios permite, para que se manifieste la gloria de Dios (en la comunión con Dios) aquí, en la Iglesia del Este.
La primera bendición es un cuadro la bendición de nuestro Sumo Sacerdote en Su primera venida (v22). Después de ofrecerse en sacrificio por nosotros y por nuestros pecados (como Aarón acaba de hacer por el pueblo de Israel), Jesús bendice a los santos. Primero les entrega a Sus discípulos la Gran Comisión.
Luego les bendice.
Y después se va al cielo...
Exactamente como Cristo fue llevado al cielo (a la presencia del Padre), Moisés y Aarón salen del atrio (de donde está la gente) y entran en el tabernáculo (en donde mora Dios; v23a). Observe que ambos, Moisés y Aarón, entran en el tabernáculo de la reunión.
Entonces, Dios nos está mostrando un cuadro de Cristo y requiere dos hombres para hacerlo porque Cristo era tanto el Mediador de un Nuevo Pacto como el Sumo Sacerdote que intercede por nosotros. Después del sacrificio (la cruz), Cristo bendijo a los santos y entró en el verdadero tabernáculo (Su ascención).
Cuando Cristo salga del tabernáculo (cuando toda la gente lo vea otra vez), bendecirá al pueblo y manifestará la gloria de Dios en la tierra (v23a). Este es un cuadro de la segunda venida de Cristo, Su venida gloriosa.
Cuando Cristo se manifieste la segunda vez en gloria, toda rodilla se doblará y toda lengua reconocerá a Cristo como el Señor (o sea, verán Su gloria, la gloria de Dios mismo, y le alabarán; v24)
En esto vemos la lección y la exhortación de este pasaje para nosotros hoy día: Sumisión & Obediencia. Al fin y al cabo, cada ser humano se someterá a Jesucristo (como dice en Filipenses 2.9-10). La única elección que nosotros tenemos es “cuándo” lo haremos.
La manifestación de la gloria de Dios (en bendición y comunión) depende de nuestra obediencia a las palabras de Dios. Sin la presencia de Dios (la manifestación de Su gloria) entre el pueblo, todos los sacrificios y todos los ritos no tienen nada que ver—se hacen en vano. El propósito de todo es que Dios esté entre Su pueblo y que Su pueblo esté en Su presencia: Comunión. Todos los sacrificios se diseñaron para establecer y mantener la comunión—Dios con nosotros y nosotros con Dios.