
Mensaje #11: Cómo tratar con el pecado [pdf | mp3]
Si nosotros queremos gozar de la comunión con Dios, tenemos que hacer "nuestra parte". En Levítico 1-5 vimos cinco diferentes ofrendas que forman un solo cuadro de la obra de Cristo. Por medio del sacrificio del Señor en la cruz, Dios se acercó a nosotros para salvarnos, reconciliarnos y morar entre nosotros en comunión.
Ahora, en Levítico 6 y 7 estamos viendo las misma ofrendas, pero en un orden diferente. Estamos estudiando las "leyes" de las ofrendas (más instrucciones para los sacerdotes y levitas). En las leyes de las ofrendas vemos "nuestra parte" en la comunión con Dios.
Pero a pesar de estar consagrados y "celosos" por las buenas obras, tenemos un problema: el pecado.
Creo que todos podemos decir lo mismo que Pablo porque todos conocemos bien la lucha contra el pecado—la lucha contra esta tendencia en nosotros a pecar. De esto trata la ley de la ofrenda por el pecado en Levítico 6.24-30. Si queremos estar en comunión con Dios, tenemos que tratar con el pecado que todavía mora en nosotros.
Vimos antes que la ofrenda por el pecado trata principalmente de la purificación de la morada de Dios que se contaminó por el pecado (Lev 4.3, 5-7). En este contexto vimos que el sacrificio de Cristo en la cruz "purifica" la morada de Dios (nosotros) para que Él pueda estar en nosotros (ahora nosotros somos el "tabernáculo").
En Levítico 6.24-25, Dios nos recuerda de esto porque aquí es donde tenemos que empezar "nuestra parte" en establecer la comunión con Dios y mantenerla todos los días. Si queremos tratar con "el pecado" (la naturaleza pecaminosa) en nuestras vidas, tenemos que entender primero que todo lo que podemos hacer se basa en la obra de Cristo. Cristo ya trató con el pecado en nosotros, los cristianos. (La muerte en la Biblia siempre es una "separación" no una aniquilación.)
Ya, en Cristo, no tenemos que servir al pecado.
Lo que nos toca es "considerar" (aceptar la realidad de) que ya estamos muertos al (separados del) pecado. ¡En Cristo el pecado no tiene control sobre nosotros!
Por lo tanto, con base en el sacrificio por el pecado que Cristo ya realizó, no tenemos que obedecer al pecado en nosotros y no debemos hacerlo (ni darle una provisión).
Sin embargo, el pecado todavía mora en nosotros. Entonces, ¿qué hacemos?
Nuestra parte en esta "ofrenda por el pecado" es andar en Cristo y por el Espíritu. (Rom 7.25-8.2)
Esto quiere decir que tenemos que "comer" del sacrificio ("alimentarnos" de él)...
Este sacrificio servía para alimentar al sacerdote, al siervo de Dios en la obra. Esto nos muestra (en cuadro) un principio de nuestro trato con el pecado que es esencial para andar en comunión con Dios: Tenemos que "alimentarnos bien" comiendo el sacrificio.Cristo es nuestro "sacrificio por el pecado" y Él también es nuestro alimento.
Pero no comemos Su carne literalmente sino que "comemos" Sus palabras.
La manera de tratar con "el pecado" en nuestras vidas (la naturaleza pecaminosa, la tendencia en nosotros a pecar) es con la Palabra de Dios.
Así es como los siervos de Dios "comemos la carne del sacrificio" para alimentarnos. La Palabra de Dios debe ser nuestro alimento de todos los días.
Dwight Moody dijo: "La Biblia te alejará del pecado o el pecado te alejará de la Biblia." Pero, ¿qué pasa cuando caemos (porque aun luchando contra el pecado, a veces cometemos errores)? De esto trata el siguiente pasaje de Levítico 6 y la ley de la ofrenda por el pecado...
¿Qué pasa cuando "por casualidad" lo santo toca lo inmundo? En estos versículos Dios da instrucciones por si acaso ("por casualidad") el sacrificio santo toca algo inmundo. Lo inmundo se torna "santificado" en el sentido que ya es "de Dios" y el hombre tiene que hacer con él lo que el Señor manda.
En cuanto a un vestido (si la carne o la sangre del sacrificio lo toca), hay que lavarlo (v27). En cuanto a una vasija de barro, hay que quebrarla (o sea, destruirla; hacerla inútil; v28a). En cuanto a una vasija de bronce, hay que fregarla (con cepillo) y lavarla (con agua; v28b).
La lección es sencilla: (v25b) El sacrificio es "cosa santísima" y nunca jamás debe estar en contacto con lo inmundo. Dios no quiere que la "cosa santísima" llegue a estar en contacto con lo inmundo. Pero a veces sucede, entonces Él dice lo que hay que hacer: ¡Lavarlo o destruirlo! Hay un buen principio para nosotros en estas instrucciones...
Obviamente nosotros vivimos en el mundo y Dios quiere que estemos en el mundo para cumplir con la misión que nos ha dado de evangelizar y hacer discípulos. Sin embargo, no "somos del mundo"; o sea, Dios no quiere que toquemos lo inmundo mientras que estemos sirviéndole en la misión de reconciliación que Él nos dio.
Pero, el pecado todavía mora en nosotros y a veces caemos. ¿Qué hacemos?
Tenemos que "lavarnos" bien por medio de la confesión y "quebrar" lo inmundo (destruirlo) por medio del arrepentimiento. La confesión nos limpia (nos aleja de lo inmundo). Pero el arrepentimiento es lo que destruye lo inmundo en nuestras vidas porque es un cambio de parecer que resulta en un cambio de comportamiento (o sea, tomamos medidas para no volver a caer en lo mismo).
Sólo así podemos tratar con la cuestión del pecado en nuestras vidas. Dios no quiere que toquemos lo inmundo, pero cuando sucede Él nos ha dicho qué hacer. Tenemos que "lavarnos" bien (por la confesión) y "quebrar" el asunto para destruirlo.
Según Levítico 4, la sangre de las ofrendas por el pecado del sacerdote y por el del pueblo se llevaba dentro del tabernáculo, hasta el velo (rocían el velo con la sangre de estos sacrificios). Entonces, no se podían comer de la carne de estos sacrificios (Lev 6.30). Pero la sangre de las ofrendas por el pecado de un jefe (líder de una tribu) o por alguien común y corriente no se llevaba adentro (se aplicaba al altar y la demás se derramaba al pie del altar). Entonces los sacerdotes podían comer de la carne de estos sacrificios (Lev 6.29).
Entendamos la lección aquí: No todo trata de nosotros. Por supuesto, una parte del sacrificio de Cristo por el pecado tuvo que ver con nosotros (y podemos decir que "nos beneficiamos" por Su obra en la cruz).
Pero hubo otra parte de aquella obra que no tuvo nada que ver con nosotros, más bien fue algo únicamente para el Padre (algo entre el Padre y el Hijo). Cristo sufrió y murió por el pecado que contaminó la creación, y después Él llevó Su sangre "hasta el velo", hasta la presencia del Padre en el tercer cielo para purificar lo contaminado.
Esta parte no la tocamos. Esta parte es la que exalta a Dios como santo, justo y apartado del pecado. Esta parte es la que glorifica a Dios como el Omnibenévolo que sacrificó a Su propio Hijo para purificar lo contaminado y establecer la comunión con nosotros. Esta parte (el sacrificio que se llevó "adentro") no es para ningún hombre. Se consume totalmente en sacrificio al Padre.
Recuerde la lección central en la ofrenda por el pecado: El pecado contamina la morada de Dios.
Si queremos que Dios more en nosotros (si queremos ser salvos, si queremos nacer de nuevo por el Espíritu Santo), tenemos que tratar con este problema del pecado. Sólo Cristo puede purificar el lugar contaminado por el pecado (usted, el pecador). Pero usted (el pecador) tiene que reconocer su necesidad y llegar a Dios humilde, arrepentido y creyendo en Cristo como Su Señor y Salvador (su Sacrificio inocente y sustituto).
Cristianos, si queremos estar en comunión con Dios, también tenemos que tratar con este problema del pecado que todavía mora en nuestros cuerpos. ¿Cómo lo hacemos? (Lev 6.24-25) Como vimos en Romanos 6, entienda que en Cristo Dios lo ha separado a usted del pecado. El pecado está presente pero no reina sobre usted (usted no tiene que obedecerle al pecado).
¿Qué tiene que hacer usted hoy para aplicar estas verdades acerca de "el pecado" y así andar en comunión con Dios en Cristo?